martes, 12 de abril de 2011

CUENTOS DE AVENTURAS


·         BILLETES DE CIELO
En las oscuras tierras de las brujas y los trolls, vivía hace mucho tiempo el dragón más terrible que nunca existió. Sus mágicos poderes le permitían ser como una nube, para moverse rápido como el viento, ser ligero como una pluma y tomar cualquier forma, desde una simple ovejita, a un feroz ogro. Y por ser un dragón nube, era el único capaz de lanzar por su boca no sólo llamaradas de fuego, sino brillantes rayos de tormenta.
El dragón nube atacaba aldeas y poblados sólo por placer, por el simple hecho de oír los gritos de la gente ante sus terribles apariciones. Pero únicamente encontraba verdadera diversión cada vez que los hombres enviaban a alguno de sus caballeros y héroes a tratar de acabar con él. Entonces se entretenía haciendo caer interminables lluvias sobre su armadura, o diminutos relámpagos que requemaban y ponían de punta todos los pelos del valiente caballero. Luego se transformaba en una densa niebla, y el caballero, sin poder ver nada a su alrededor, ni siquiera era consciente de que la nube en que estaba sumergido se elevaba y echaba a volar. Y tras jugar con él por los aires durante un buen rato, hasta que quedaba completamente mareado, el dragón volvía a su forma natural, dejando al pobre héroe flotando en el aire. Entonces no dejaba de reír y abrasarlo con sus llamaradas, mientras caía a gran velocidad hasta estamparse en la nieve de las frías montañas, donde dolorido, helado y chamuscado, el abandonado caballero debía buscar el largo camino de vuelta.
Sólo el joven Yela, el hijo pequeño del rey, famoso desde pequeño por sus constantes travesuras, sentía cierta simpatía por el dragón. Algo en su interior le decía que no podía haber nadie tan malo y que, al igual que le había pasado a él mismo de pequeño, el dragón podría aprender a comportarse correctamente. Así que cuando fue en su busca, lo hizo sin escudo ni armaduras, totalmente desarmado, dispuesto a averiguar qué era lo que llevaba al dragón a actuar de aquella manera.
El dragón, nada más ver venir al joven príncipe, comenzó su repertorio de trucos y torturas. Yela encontró sus trucos verdaderamente únicos, incluso divertidos, y se atrevió a disfrutar de aquellos momentos junto al dragón. Cuando por fin se estampó contra la nieve, se levantó chamuscado y dolorido, pero muy sonriente, y gritó: “ ¡Otra vez! ¡Yuppi!”.
El dragón nube se sorprendió, pero parecía que hubiera estado esperando aquello durante siglos, pues no dudó en repetir sus trucos, y hacer algunos más, para alegría del joven príncipe, quien disfrutó de cada juego del dragón. Éste se divertía tanto que comenzó a mostrar especial cuidado y delicadeza con su compañero de juegos, hasta tal punto, que cuando pararon para descansar un rato, ambos lo hicieron juntos y sonrientes, como dos buenos amigos.
Yela no sólo siguió dejando que el dragón jugara con él. El propio príncipe comenzó a hacer gracias, espectáculos y travesuras que hacían las delicias del dragón, y juntos idearon muchos nuevos trucos. Finalmente Yela llegó a conocer a la familia del dragón, sólo para darse cuenta de que, a pesar de tener cientos de años, no era más que un dragón chiquitito, un niño enorme con ganas de hacer travesuras y pasarlo bien.
Y así, pudo el príncipe regresar a su reino sobre una gran nube con forma de dragón, ante la alegría y admiración de todos. Y con la ayuda de niños, cómicos, actores y bufones, pudieron alegrar tanto la vida del pequeño dragón, que nunca más necesitó hacer daño a nadie para divertirse. Y como pago por sus diversiones, regalaba su lluvia, su sombra y sus rayos a cuantos los necesitaban.

Hace mucho tiempo, existía un lugar mágico que guardaba grandes maravillas y tesoros del mundo. No era un lugar oculto, ni escondido, y cualquiera podía tratar de acceder y disfrutar sus delicias. Bastaba cumplir un requisito: ser una buena persona. Ni siquiera heroica o extraordinaria: sólo buena persona.
Allá fueron a buscar fortuna Alí y Benaisa, dos jóvenes amigos. Alí fue el primero en probar suerte, pues cada persona debía afrontar sus pruebas en solitario. Pronto se encontró en medio de un bello jardín, adornado por cientos de estatuas tan reales, que daba la sensación de que en cualquier momento podrían echar a andar. O a llorar, pues su gesto era más bien triste y melancólico. Pero Alí no quiso distraerse de su objetivo, y conteniendo sus ganas de seguir junto a las estatuas, siguió caminando hasta llegar a la entrada de un gran bosque. Esta estaba custodiada por dos estatuas de piedra gris muy distintas de las demás: una tenía el gesto enfadado, y la otra claramente alegre. Junto a la entrada se podía leer una inscripción: “La bondad de tu carácter deberás a las piedras contar”.
Así que Alí se estiró, aclaró la gargante y dijo en alta voz:
- Soy Alí. Una buena persona. A nadie he hecho ningún mal y nadie tiene queja de mí.
Tras un silencio eterno, la estatua de gesto alegre comenzó a cobrar vida, y bajándose de su pedestal, dijo amablemente:
- Excelente, tu bondad es perfecta para este sitio. Está lleno de estatuas como tú: ¡a nadie hacen mal, y nadie tiene queja de ellas!
Y en el mismo instante, Alí sintió cómo todo su cuerpo se paralizaba completamente. Ni siquiera los ojos podía mover. Pero seguía viendo, oyendo y sintiendo. Lo justo para comprender que se había convertido en una más de las estatuas que adornaban el jardín.
Poco después era Benaisa quien disfrutaba de las maravillas del jardín. Pero al contrario que a su amigo, la visión de aquellas estatuas, y sus ojos tristes e inmóviles, le conmovieron hasta el punto de acercarse a tocarlas una por una, acariciándolas, con la secreta esperanza de que estuvieras vivas. Al tocarlas, sintió el calor de la vida, y ya no pudo apartar de su cabeza la idea de que todas seguían vivas, presas de alguna horrible maldición. Se preguntaba por sus vidas, y por cómo habrían acabado allí, y corrió varias veces a la fuente para llevar un poco de agua con el que mojar sus labios. Y entonces vio a Alí, tan inmóvil y triste como los demás. Benaisa, olvidando para qué había ido allí, hizo cuanto pudo por liberar a su amigo, y a muchos otros, sin ningún éxito. Finalmente, vencido por el desánimo, se acercó a las estatuas que custodiaban la entrada al gran bosque. Leyó la inscripción, pero sin hacer caso de la misma, habló en voz alta:
Otro día defenderé mis buenas obras. Pero hoy tengo un amigo atrapado por una maldición, y muchas otras personas junto a él, y quisiera pedir su ayuda para salvarlos...
Cuando terminó, la estatua de gesto enfadado cobró vida entre gruñidos y quejas. Y sin perder su aire enojado, dijo:
- ¡Qué mala suerte! Aquí tenemos alguien que no es una estatua. Habrá que dejarle pasar...¡y encima se llevará una de nuestras estatuas! ¿Cuál eliges?
Benaisa dirigió entonces la vista hacia su amigo, que al momento recuperó el movimiento y corrió a abrazarse con él. Mientras, los árboles del bosque se abrían para dejar ver un mundo de maravillas y felicidad.
Cuando un feliz Benaisa se disponía a cruzar la puerta, el propio Alí lo detuvo. Y echando la vista atrás, hacia todas las demás estatuas, Alí dijo decidio:
Espera, Benaisa. No volveré a comportarme como una estatua nunca más. Hagamos algo por estas personas.
Y así, los dos amigos terminaron encontrando la forma de liberar de su encierro en vida a todas las estatuas del jardín, de las que surgieron cientos de personas ilusionadas por tener una segunda oportunidad para demostrar que nunca más serían como estatuas, y que en adelante dejarían de no hacer mal ni tener enemigos, para hacer mucho bien y saber rodearse de amigos.

LAS AVENTURAS DE PUMITA
El sol brillaba con fuerza allá en lo alto del cielo, Pumita podía sentir el calor de sus rayos a medida que iba flotando, ascendía y ascendía vigorosamente hacia las nubes al tiempo que le decía adiós a sus amigos del mar. Era una sensación muy agradable, a su lado estaban Gotita Fresquita y Olita junto a otras cientos de gotitas que animadas se sentían porque pronto en casa estarían - Hola amiguitas, me alegra volveros a ver- era Agua Brava que les saludaba a lo lejos al tiempo que se acercaba hacia ellas moviéndose dulcemente entre las ráfagas del viento que soplaba delicadamente - Agua Brava, ¡qué alegría verte de nuevo! ¿Qué tal te ha ido en el río?- preguntó Pumita muy contenta por el reencuentro - Fue fabuloso, me encontré con mis antiguos compañeros del Club de Rápidos. Las truchas Saltarín y Aletita me acompañaron todo el tiempo, ha sido muy divertido, y a vosotras, ¿cómo os ha ido en el mar? - Hemos hecho muchos nuevos amigos- le comentó Gotita Fresquita- hemos conocido a Olita que está aquí con nosotras pero también a otros buenos amigos del mar, como el Cangrejo Colorín, la Estrella Marina, el Erizo Pincharitos y tampoco nos podemos olvidar de la gaviota Volarín - ¿Me llamabais?- la gaviota Volarín había aparecido de repente con sus alas desplegadas, pero no aparecía sola, otras gaviotas volaban junto a ella- ¿vais a las nubes? Tened buen viaje amigas- les deseó alegremente mientras se alejaba fugazmente Pumita se quedó mirando fijamente como Volarín se desplazaba por el cielo y fue entonces cuando se dio cuenta de que en ese otro tramo, desde el mar hasta las nubes, también vivían todo tipo de seres, había pájaros de diferentes especies, gaviotas y algún pelícano volaban felizmente y parecían saludar a un grupo de delfines que en la superficie del mar se les veía saltando ágilmente. Pumita no dejaba de sorprenderse, ¡era tan hermoso aquel lugar llamado Tierra!, no parecía existir ningún rincón en dónde la vida no emergiera, con sus seres maravillosos y sus tonalidades que impregnaban belleza a cada paso que daba, ¡había hecho tantos amigos!, ¡cuántas historias tenía que contar a sus amiguitas las gotitas cuando llegara a las nubes!  En aquellos pensamientos se encontraba Pumita cuando de repente sintió que el viaje había finalizado, estaba entrando ya en las nubes cuando nuevos reencuentros la volverían a sumergir en una gran felicidad. Granizo Redondito los esperaba impaciente, deseoso de contar a sus amigas sus aventuras vividas, a su lado se encontraba el profesor Nieve Helada que con gran entusiasmo les daba la bienvenida- queridos alumnos, me siento muy feliz de veros de nuevo, contadme vuestras aventuras, compartirlas con vuestros compañeros y todos aprenderemos. ¡Qué día tan feliz! Todos acudieron a la escuela y gotita a gotita fueron contando cómo había resultado aquel su primer viaje. Granizo Redondito también parecía mostrarse muy feliz, había descendido en un día que había hecho mucho frío y junto a otras gotitas habían caído congeladas como bolitas pequeñitas, ¡y qué ruido habían producido al caer sobre el suelo! Vaya, ¡cuántas aventuras habían vivido todas nuestras amigas las gotitas!, el profesor Nieve Helada les contaba que aquel había sido solo su primer viaje, bueno…, no para todos, pues para Agua Brava y para Olita, aquel había sido uno de sus cientos de viajes realizados, pero todos estaban ilusionados, pues el profesor les había contado que pronto volverían a hacer un nuevo viaje, y con él nuevas oportunidades para reencontrarse con sus amigos y conocer a otros nuevos, pues las aventuras de Pumita y de las demás gotitas de agua solo acababan de comenzar, ¿nos acompañarás?.

1 comentario:

  1. Hola, soy Lourdes Torres, la autora de las Aventuras de Pumita. Quería darte las gracias por haber colgado mi cuento en tu página, muchas gracias, pero quería pedirte un favor, si pudieras quitarlo. Muchisimas gracias. Un saludo.

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